
Era simplemente un pescador, en apariencia;
simplemente un pobre tipo que hablaba con aldeanos, sin títulos de ciencia ni diplomas:
nazareno, campesino, albañil y carpintero.
Unos lo siguieron, sin buscar su conveniencia;
otros lo arrastraron por caminos de muerte.
Vivía pobremente;
los pobres entendían su mensaje.
Llegaba directo al corazón de la gente
y hablaba como nadie jamás nos haya hablado.
La verdad brotaba de su fuente, por su porte, por su gesto, en palabras cristalinas, con sentencias de pueblo, y parábolas sencillas.
Lo encontraron débil los violentos
y manso, los humilde humillados.
Los grandes lo juzgaron peligroso
y los niños jugaban con su manto.
Lo llamamos Jesús o Jesucristo,
y decimos que es Señor y lo creemos.
Pasó por nuestra sendas de pecado
haciendo el bien y perdonando.
Portentos de sus manos anunciaron el Reino
y el pan algunas veces los suyos compartieron.
Un viernes de la Pascua, fuera de los muros, lo llevaron,
entre dos ladrones conocidos, a la cruz.
La losa de un sepulcro de prestado cerró por tres días su paciencia, y, fuera de su madre, nadie ya creía en su promesa, pues era simplemente un pescador, en apariencia.
Veinte siglos han pasado,
la historia sigue viviendo su presencia.
Unos, hoy le siguen sin buscar conveniencia;
otros, le clavan de nuevo en sus pequeños;
Ven, tú, con nosotros; en El creemos.
Es el Señor. Simplemente un pescador, en apariencia!
Esteban Gumucio, ss.cc.